31/08/2007 | Federico Marín Bellón / ABC

Pérez-Reverte surca el cine

«La carta esférica» es una actualización sincera del cine de piratas de toda la vida. Los de Uribe no llevan parches ni pata de palo, no se hacen acompañar por exóticas mascotas, como tampoco precisan de efectos especiales ni maldiciones sobrenaturales.

Han pasado 15 años desde que Pedro Olea iniciara con «El maestro de esgrima» la sana pero no siempre afortunada costumbre de adaptar a Pérez-Reverte, un autor cuyas novelas tienen todo lo necesario para llenar de vida una pantalla de cine. Sin necesidad de emprender un repaso más o menos odioso, se puede aventurar que la película de Imanol Uribe es la más completa y equilibrada de cuantas han surcado esos mares a menudo procelosos. Carmelo Gómez, marinero en tierra, se deja enredar por Aitana Sánchez-Gijón, que busca un tesoro hundido en la costa cartagenera acosada por un argentino y un italiano de los de cambiarse de acera (pero no de película).

«La carta esférica» es una actualización sincera del cine de piratas de toda la vida. Los de Uribe no llevan parches ni pata de palo, no se hacen acompañar por exóticas mascotas, como tampoco precisan de efectos especiales ni maldiciones sobrenaturales. La emoción está en sus vidas, en la forma en que bucean en la historia para desentrañar el lugar donde sus antepasados derramaron viejas riquezas. El resto es técnica y picaresca para saltarse controles y burlar la miopía de los Estados, una especie de sirenas del hortelano que ni guardan ni dejan robar.

Lo mejor que hace Uribe es no complicarse. Encuentra a los actores adecuados y les deja construir unos personajes que huelen a salitre y a verdad. Es cierto que a Carmelo el enamoramiento lo aturde en exceso (¿y a quién no?) y que los extranjeros, Enrico Lo Verso y Gonzalo Cunill, tenían más recorrido. Incluso puede que un plano de más ilumine el final antes de tiempo, pero hasta en su desenlace rehúye el director y guionista de la tópica ensalada de giros. Ante la duda, prudencia, parece haber sido su inteligente lema, que de entrada le ha servido para anclar su película en la hora y media.

Se le puede recriminar, eso sí, algún encuentro sexual, tributo comercial cuyo pecado no es la lujuria ni mucho menos el mal gusto, sino interrumpir una trama que sólo precisaba un fundido a negro para avanzar con más bríos. Lo de viento en popa no era eso.

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