Cuatro grandes amigos del novelista Cabrera Infante se sentaban ayer junto a su viuda, Miriam Gómez, en un festivo banquete póstumo: la presentación de «Cuerpos divinos» (Galaxia Gutenberg / Cïrculo de Lectores), novela inédita que los presentes situaron entre «Tres tristes tigres» y «La Habana para un infante difunto».
una autobiografía novelada que transcurre durante los últimos años de la dictadura de Batista y los primeros meses tras el triunfo de Castro.
Abrió turno Juan Goytisolo, primer intelectual español que pisó la isla, allá por 1961, invitado por Carlos Franqui y por el suplemento «Lunes» del diario Revolución que sería prohibido y del que se iba a hacer cargo Cabrera Infante. A Goytisolo le ha emocionado encontrar un mundo de gente que él conoció, desde Lezama Lima a Néstor Almendros, pasando por Lisandro Otero («Risandro Otelo», mote que Cabrera le puso), Tomás Gutiérrez Alea (con quien escribió un guión, «Poema de otoño», que nunca llegó a filmarse por no tener contenido revolucionario) o Virgilio Piñera, el único valiente que osó levantarse cuando Castro le preguntó a los intelectuales si tenían miedo, para contestarle que sí. Goytisolo terminó recordando la gran decepción que le produjo su última visita a la isla en 1967, cuando los peores indicios que ya había visto Cabrera se confirmaron del todo.
Ironía cervantina
Juan Cruz confesó haber descubierto, como escritor, la música de la literatura y la imaginación como motor de los libros cuando leyó «Tres tristes tigres». Calificó la obra presentada como un libro noble de la memoria, libro de amores y de homenaje a La Habana. Para Fernando R. Lafuente, la ironía de Cabrera es de naturaleza cervantina porque se dirige a uno mismo y no a los demás, como la de Quevedo. Entre las claves de la novela señaló la memoria: territorio neblinoso entre la ficción y la realidad, entre lo vivido y lo soñado. Y añadió otras tres. Primero, la ciudad ya que con la obra de Cabrera podríamos reconstruir la Habana como Dublín con Joyce; luego, la vida literaria; y por último la política, pues como dijo el novelista, la política termina por engolfar la vida.
Fernando Savater confesó que ha estado depresivo las últimas semanas por la muerte, o mejor: el asesinato -así lo calificó- de Orlando Zapata; luego, por el eco tan cutre con el que aquí se ha recibido lo que está pasando en Cuba y por las torpezas de nuestro Gobierno. Luego afirmó que ante al sentimiento trágico de la vida unamuniano, el de Cabrera Infante era cómico, y aunque el libro no sea del todo alegre, está lleno de momentos de gozo, porque su autor sabía transmitir un entusiasmo vital muy intenso. A su juicio, esta novela es el reverso del tapiz de sus otras dos grandes novelas, pero con un estilo más directo, menos disimulado y pirotécnico; no tiene el juego vertiginoso de ellas, pero sí todos sus temas, como La Habana, que cartografía con sus pasos, o los amores, tanto aquellos que son contingentes como el que es necesario.
Por último, Miriam Gómez decidió que como los allí sentados «no son cuerpos divinos, no les voy a dar las gracias, sino a mi ángel de la guarda y al de Guillermo». Cuando Goytisolo recordó que el comandante Gálvez, héroe del Gramma, le había dicho que «ese Cabrera no es cubano», ella apostilló: «Los políticos se borran, los escritores quedan. Y ahí se quedan todos ustedes con este libro que ya es suyo».
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