El cumpleaños del granadino tiene, en el mundo de las letras, algo de atracción, de triunfo de la lucidez sobre el tiempo. Sus admiradores cumplen cada 16 de marzo con el ritual. ¿Qué regalo merece quien asegura que no celebra, sino lamenta sus años? Una botella de whisky.
El escritor Francisco Ayala cumple este lunes 103 años y, como ha ocurrido en los cumpleaños precedentes, sus amigos le regalarán botellas y botellas de whisky. El escritor sigue siendo leal al trago vespertino (o matutino), un hábito sobre el que ha crecido toda una leyenda para explicar su fértil longevidad. La cita oficial será en esta ocasión en la Biblioteca Nacional donde el escritor recibirá otro homenaje y presentará una edición especial del relato con que clausuró su fructífero ciclo narrativo, el Glorioso triunfo del príncipe de Arjuna, con ilustraciones del pintor Juan Vida.
En el mundo de las letras los cumpleaños de Ayala tienen algo de atracción, de triunfo de la lucidez sobre el tiempo. También de admiración intelectual y, por supuesto, de sana envidia. Cuando el escritor llegó a los 98 y comenzaron los preparativos del homenaje la frontera de la supervivencia se estableció en los 100, pero tras superar el siglo de existencia los años han continuado cayendo en el dilatado balance de su biografía con el mismo ruido gozoso, tranquilo y profundamente irónico de los anteriores.
La vida de Ayala es ancha y fecunda y sintetizarla es un atrevimiento condenado al fracaso. Comprende (por ahora) desde el año 1906, cuando vino al mundo en el número 8 de la calle San Agustín de Granada al 2009. Entre ambas fechas late toda una vida intensa, de compromiso, con una rara coherencia moral y sentido intelectual que transcurre paralela a un siglo tan ilusionante como tormentoso. Ayala sufrió cada una de sus inconsecuencias, desde el ascenso de los totalitarismo en Europa a la guerra civil española y el exilio, pero también participó en cada una de sus invenciones decisivas, incluida la aparición del cine. En Granada vio sus primeras películas y luego nutrió su afición en Madrid, adonde la familia se trasladó en 1922.
Tragicomedia de un hombre sin espíritu fue su primera novela. Su caudalosa vida se puede resumir como una sucesión de frases telegráficas. Amplió sus estudios de Derecho en Berlín. En 1931 fue nombrado vicepresidente del Comité Paritario de la Construcción de Madrid y entró en la redacción del periódico Crisol. Un año después ganó las oposiciones a letrado de las Cortes. El 18 de julio le sorprendió en Hispanoamérica. Regresó inmediatamente a España y se puso al servicio del gobierno legítimo. El 6 de febrero, derrotada la República, abandonó España y se dirigió a París. A comienzos de abril se embarcó hacia La Habana y el 10 de agosto llegó a Buenos Aires. En diciembre de 1940 publica en la revista Sur su primer libro en el exilio, Diálogo de los muertos (Elegía española).
En la década de los cuarenta fue muy fecunda. Aparecieron, entre otros, su Tratado de sociología y libros de creación tan importantes como Los usurpadores y La cabeza del cordero. En 1950 se trasladó a Puerto Rico y, tras un primer semestre como colaborador, logró una cátedra de Sociología en la Universidad de Río Piedras. En 1957, abandonó Puerto Rico y se marchó a vivir a Estados Unidos donde impartió clases de Literatura Española durante un semestre en la Universidad de Princeton.
Su regreso a España aconteció en el verano de 1960. Fue una vista esporádica que se repitió en años sucesivos. Una conferencia en la Universidad de Santander fue su primer acto público en España tras la guerra.
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