El segundo post de este blog se tituló “Érase una vez” y habló de los comienzos en las narraciones, y también el tercero, en el que os ofrecí una selección de buenos principios de novelas. Mente racional y ordenada donde las haya (a pesar de que la pata de Dionisos asoma de vez en cuando como buenamente puede), busco ahora, como ya os advertí, la simetría, y os hablaré de finales, una vez que ya he utilizado media jornada en buscar la última página de cada uno de los libros de mi biblioteca y he masticado todo el polvo que atesoraban.
Este ejercicio ingrato de búsqueda (ora de pie en un taburete, ora en una silla, ora en una escalera), así como el más cómodo, pero también más alienante, googleado posterior, han dado unos resultados más bien discretos, lo cual me ha sorprendido un poco, aunque algo lo esperaba. Ciertamente son mucho más impactantes y conocidos los comienzos de las novelas que sus finales. Y no creo que los finales sean peores: simplemente es que necesitan más del resto de la novela para poder ser leídos, tienen menos autonomía. Lo que llevamos en nuestra cabeza cada vez que leemos un comienzo de novela es exactamente lo que el autor quiere que llevemos: nada. Estamos perfectamente preparados para leer cuantos comienzos se nos propongan. No así para leer finales. Un final sin la carga que toda la novela ha metido en nuestra cabeza, no es apenas nada, y rara vez tienen fuerza o sentido leídos por sí solos. En mi caso, recordaba algunos finales de novela que me habían emocionado años atrás; ahora, al releerlos me han dejado por completo indiferente.
También ocurre que el corte por el principio es más limpio. Me explico. El corte que separa a la novela de lo que no es novela es muy nítido al principio, pero en general las novelas (a diferencia de los poemas o de ciertos relatos breves que buscan un impacto final que envuelva y dé sentido a todo lo anterior) tienen un final laxo, como una progresiva manera de integrarse en la vida y en nuestra memoria. Más aún en las novelas largas, las novelas río, cuyo nacimiento en el manantial es perfectamente localizable, pero cuya muerte por disolución en el océano es progresiva e incierta. Y hablando de muerte, algo también digno de ser reseñado, en este análisis de andar (y trepar) por casa, es el altísimo porcentaje de finales en que la muerte está presente. Desde luego en las novelas del XIX y anteriores es muy raro que no ocurra. Las razones creo que son obvias. Muerto el perro se acabó la rabia.
Van algunos finales que me han gustado. Espero no ser como el acomodador de ese chiste de Chiquito de la Calzada que, al no recibir propina de un espectador, se vuelve y le suelta "Er criminá... é er Cheriff (¡cobarde!)" Sabiendo que hay gente que lo primero que hace cuando coge un libro es leer la última frase, y sabiendo que los finales que os ofrezco son de algunas de las obras más conocidas de la historia de la literatura, pienso que no hay problema alguno por que leamos sus últimas líneas.
“...pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale*.”
Cervantes, Don Quijote de la Mancha.
“Y fueme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.”
Quevedo, El Buscón.
“CYRANO (A punto de morir, en brazos de Roxana)—...¡Todo me lo quitaréis! ¡Todo! ¡El laurel y la rosa! ¡Pero quédame una cosa que arrancarme no podréis! El fango del deshonor jamás llegó a salpicarla; y hoy en el cielo, al dejarla a las plantas del Señor, he de mostrar sin empacho que, ajena a toda vileza, fue dechado de pureza siempre, y es...
ROXANA —¡Di!
CYRANO —Mi... penacho.”
Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac
“Todo eso está muy bien, dijo Candido, pero ahora tenemos que ir a cultivar nuestro jardín”.
Voltaire, Candido.
“Busqué y pronto descubrí, las tres lápidas en el declive próximo al páramo: la de en medio, gris y medio enterrada en brezos. Solamente la de Edgar Linton armonizaba con el césped y el musgo que crecía al pie. La de Heathcliff estaba aún desnuda. Me demoré bajo aquel cielo benigno, contemplé las alevillas revoloteando entre brezos y campánulas, escuchando el rumor de la suave brisa entre el césped, y me preguntaba cómo nadie podía atribuir sueños inquietos a los que dormían bajo una tierra tan sosegada.”
Emily Brontë, Cumbres Borrascosas.
“El segundo día se aproximó un barco que me recogió por fin. Era el Rachel errante, que en la constante búsqueda de sus hijos perdidos, solamente había encontrado otro huérfano.”
Melville, Moby Dick.
“...y entonces me pidió si quería yo decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí.”
James Joyce, Ulises.
“Somos como barcos navegando contracorriente, devueltos constantemente al pasado.”
Scott Fitzgerald, El gran Gatsby.
“Pero, después de todo, la memoria podía vivir en las viejas entrañas jadeantes: y ahora la tenía a mano, irrefutable y clara, y serena, mientras la palmera golpeaba y murmuraba, seca y salvaje, y débil, y en la noche, pero él podía afrontar la memoria, pensando: No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La misma carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejará de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.”
William Faulkner, Las palmeras salvajes. (Este es el final del primero de los dos relatos aparentemente independientes y entremezclados que conforman el libro).
“Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los segmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.”
Vladimir Nabokov, Lolita.
“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.
“De lo que estoy seguro es de que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.”
J. D. Salinger, El guardián entre el centeno.
Y, por último, el que a mí, tanto en el relato de Joyce como en la película de John Houston, más me ha tocado nunca:
“Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”.
James Joyce, Los Muertos.
Ahora, vuestro turno. ¿Hay algún final no incluído aquí que os apetezca darnos a leer?
*Nota al pie: “Vale”, en latín, significa “adiós”. Yo comencé mi novela Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos con un “Hola” y la acabé con un “Adiós y gracias”, y hubo quien me criticó por ello. Para que vean, Cervantes también lo hizo.