Discurso del recepción del XII Certamen Literario Universidad de Sevilla 2006, otorgado a Fernando M. Otero por La Sonanta, pronunciado en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla.
Con la sola convocatoria de esos premios, la apuesta de la Universidad de Sevilla por la creación y el arte joven es una apuesta valiente, una apuesta altruista y una apuesta infrecuente. Por ello, no quisiera desaprovechar la oportunidad que hoy me ofrecen para felicitar su valentía. Agradecer a Punto de Lectura la posibilidad que me brinda para abrirme paso en el difícil mundo editorial. Y por último, agradecer también a los escritores Rafael de Cózar y Arturo Pérez-Reverte el esfuerzo que han hecho por estar aquí compartiendo este momento con nosotros.
Preparando esta presentación se me venía a la cabeza aquella imagen televisiva de un escritor declamando que él había ido a ese debate a hablar de su libro. Se me venía esta imagen a la cabeza porque quería evitar precisamente eso: cómo hablar de la novela sin resultar excesivamente pretencioso o ególatra. Esa egolatría o pedantería que a veces nos transmiten los protagonistas de las tertulias literarias (sobre todo cuando no es uno el entrevistado). Para evitar ser yo ahora el egregio pedante, el narcisista literario, eludiré las hipotéticas cualidades de la novela; eludiré la prosa fácil que ustedes no tienen por qué soportar, para contarles algo más íntimo. Algo menos petulante. Algo atribuible a lo más humilde y menos pretencioso del ser humano. Les contaré simple y llanamente qué he sentido al escribirla; qué motivaciones o sensaciones tiene cualquiera de los aquí presentes, para enajenarse de la realidad, para separarse de la vida durante un tiempo indefinido e inmiscuirse en el improbable milagro literario, en el milagro musical, en el milagro artístico en definitiva. Así, hablándole de las emociones más íntimas que la concibieron, intentaré dar respuesta a esa pregunta que todo el mundo me ha hecho durante un año y a la que aun no sé muy bien qué responder: ¿de qué va la novela?
Y digo que no sé qué contestar porque La Sonanta, al menos para mí, es algo más que un argumento. Las tramas novelísticas a veces son solo esqueletos óseos, soportes, excusas a las que el escritor acude para derramar los valores literarios. Por eso La Sonanta rezuma algo más que una historia. Rezuma una noche en soledad bajo los efectos ancestrales de una copa de vino, intentando ganar lucidez, como el poeta Félix Grande, y dejándose abrasar por voces añejas, voces ancestrales, sonidos que buscan las últimas habitaciones de la sangre, sonidos emitidos por cantaores con nombre y apellidos, que sin embargo, transmiten emociones innombrables, porque la literatura no encontró las palabras necesarias para describir estas emociones.
Por eso digo que, al menos para mí, La Sonanta no es sólo un argumento literario: es un homenaje a esas experiencias personales, a la memoria nocturna. Un tributo a la autenticidad que emana de la estampa de un cantaor con los ojos entornados apretando los puños. Autenticidad que no se oferta en los días que corren, y que declara al flamenco no como un dispendio de vanidad, sino como un ejercicio de penitencia.
Parecidas sensaciones intenté transmitir a Marcelo Villafaine, personaje principal de La Sonanta, para su biografía sobre la cantaora Dolores Jiménez Sánchez. En boca del protagonista, les leo un pasaje de la novela en memoria de mi amigo Emilio Díaz, que ya no está, pero que vivió La Sonanta:
«Con esa apasionada convicción se presentó ante mí la necesidad de escribir un libro sobre Dolores Jiménez. Trabajar en artículos, relatos e incluso novelas por encargo editorial se había convertido en una costumbre profesional muy alejada de la concepción que tenía del arte literario. La extensión de los textos o la imposición temática de los mismos eran limitaciones que hasta entonces había asumido de forma estoica pero que llegado un momento bloquearon mi musa creativa. “La inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando”, sentenciaba la frase que yo completaba con un “trabajando en lo que te apetece”, claro. Con semejante desazón desemboqué en este berenjenal biográfico. Con desazón y con cante flamenco, por supuesto. Había resuelto rechazar uno de esos encargos mercantiles a los que llamamos literatura cuando dejé sonar un vinilo de desconocida herencia familiar. Mamá nunca quiso deshacerse de esos discos y así lo hizo constar en el testamento, como parte del legado y con la voluntad póstuma de que yo los conservara. Encontré aquel disco acompañando a otros que permanecieron guardados en cajas durante muchos años junto a fotos y noticias sobre flamencos ajenos a la conciencia de mi infancia. Se escuchó el inconfundible arpegiado que introduce el toque por solea, y seguidamente sonó una voz y se escuchó una letra. Una voz que años más tarde de su grabación llamaron de estaño fundido, y una letra que hablaba de la fuerza devastadora del amor. También me hablaba de Inés: “Con la tierra echa en la cara / si yo escuchara tu nombre / yo creo que resucitara”. No acerté a razonar cómo la poesía popular andaluza podía densificar en una métrica tan exigua una carga lírica tan honda. Desestimé elucubrar razonamiento alguno recordando el consejo de Hume. Me había concentrado en aquella voz femenina preñada de sentimiento y huérfana de tecnología. Saboreé con lucidez ciega las últimas gotas de mi copa de vino. Cerré los ojos recostándome en el sofá y recordando que esa letra era una de las soleares de Triana que grabó Dolores Jiménez. Esta certeza alivió mi conciencia ante una hipotética y repentina muerte en aquel sofá. Entonces supe que debía escribir un libro sobre aquella cantaora».
Muchas gracias.