Se fue con la pena de dejar huérfana la Aguja de Oro que creó y repartió durante veintidós años.
A María Rosa Salvador le hicieron promesas ministeriales cuando Pilar del Castillo era su defensora. A la ex ministra le gustaban las recreaciones vía patrón que en «Dafnis» hacía de grandes creadores. Como María Rosa ya no podía hacer subsistir el galardón que premiaba cada año a un diseñador, otra ministra, Carmen Calvo, prometió tomar el relevo, pero no cumplió. Todo quedó en palabrería, promesas políticas y desilusiones. Oficialmente echaron las campanas al vuelo y aseguraron que la distinción tendría dinero y respaldo ministerial, algo impensable con esta González-Sinde, para quien la cultura sólo es sinónimo de cine. La Aguja de María Rosa la recibió desde Valentino –con el doble apadrinamiento de Preysler y Abascal excepcionalmente juntas en el maravilloso Museo del Traje que ahora pretenden dispersar y trasladar a Teruel– a un Lacroix que se negó a recoger el galardón, quizá porque le habían contado que su prestigio estaba mermado. Algún jurado votó sin saber a quién y se dio el caso de hacerlo por Dsquared, que ese año había calcado un diseño de Balenciaga que causó escándalo y risas en el mundo de los grandes. Cosa de políticos. Prometer y no dar, ya saben, aunque lo hacían con énfasis y convicción, tal vez para creer ellos mismos su propia mentira. César Antonio Molina tampoco solucionó nada, e incluso anunció que entregaría en París la Aguja del hoy también defenestrado Lacroix. Preysler fue clienta y amiga, de más relumbrón, y resultó histórico el pijama amarillo y negro que se echó encima para inaugurar la tienda Porcelanosa de Marbella. Fue tan histórico como que ningún famosete despidiera ayer a Salvador en el cementerio de San Isidro. Tan sólo hubo una corona significativa enviada por la esposa de Florentino Pérez.
También inauditos parecen el comportamiento y casi descaro de Pastora Vega. Tras separarse de Imanol, está encantada de conocerse, de ser noticia y de aparecer en portada emparejada a Juan Ribó. Tiene sorprendidas a sus más incondicionales, y ha pasado estos dos días desahogándose con su tía Charo Vega. Ahora Pastora habla sin comprometerse. Tampoco desmiente ni rechaza. Un juego efectivo pero peligroso, porque casa de dos puertas mala es de guardar. «No reconocemos a Pastora, generalmente es muy reservada con sus cosas. Anda como desorientada», me aseguran unas amigas veteranas. Será que el amor es ciego, eso será. Y en ocasiones, hasta tonto.